FRAGMENTOS DE OBRAS DE JUAN JOSE SAER
La Mayor: (1976)"Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años : mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que había, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿ no es cierto?, un mundo. Y yo ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada."
El limonero real : (1974)"AMANECE Y YA ESTA CON LOS OJOS ABIERTOS
Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pájaros reunidos en el paraiso del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del río. La voz de los gallos viene de (desde) muchas direcciones. Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueño, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizándose en el cielo y deja ver el círculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta años de oir en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pájaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea, el silencio".
El río sin orillas : (1991)"Un viejo camión de la llanura alcanza por las vicisitudes de su propia evolución, ese estatuto envidiable de objeto único que es la finalidad principal del arte, y las cimas de lo sublime no están lejos cuando, después de una larga carrera terrestre, naufraga, inmovilizado y recubierto de herrumbre, como Job del polvo rojizo que arrojaba por encima de su cabeza, en algún patio trasero recubierto de hierba salvaje, ya despojado del atributo esterilizante de la utilidad. En las deformaciones de la carrocería, abolladuras de puertas, porciones de pintura descascaradas, alambres que retienen la tapa del radiador, las manijas de la puerta, listones de madera agregados a la caja para suplir travesaños de metal arrancados por vuelcos y colisiones, vidrios sustituidos por pedazos de cartón, etcétera, podemos observar mejor la participación necesaria del tiempo, la mano, la inspiración y el azar que, más que, el diseño pedante hecho con regla y compás para halagar la sensibilidad media del comprador, son los atributos esenciales del arte. Un televisor recién salido de fábrica resume el conformismo servil de nuestra época; pero uno hecho pedazos junto a un tarro de basura revela la vacuidad irrisoria del mundo en que vivimos más claramente que todos los Vanités del siglo XVII"
La vuelta completa :(1966) "Cuando abrió los ojos nuevamente en medio de la oscuridad, Pancho sintió un leve temblor creciente en su rostro. Tal vez imaginaba la súbita paradoja de ese cuarto cerrado y oscuro en medio de una ciudad abierta e iluminada, poblada por la vida densa y apacible del crepúsculo. Pancho se encogió sobre la cama. Pero si salía a la calle, descubriría a la vez otra paradoja, exactamente, el reverso de la primera : la ciudad iluminada y abierta era una leve luz frágil, fugaz, rodeada por la noche del mundo, por la incesante niebla".
Cicatrices : (1969) "Veo el limpiaparabrisas rasar con ritmo regular el parabrisas sobre el que las gotitas de llovizna estallan imperceptibles cayendo de la masa blancuzca que rodea el automóvil adensándose alrededor a medida que se distancia y dejando entrever apenas las fachadas húmedas que chorrean agua y se desvanecen por momentos para reaparecer después entre los desgarramientos de la niebla, y las dos hileras de fachadas separadas por la angosta calle reluciente por la que rueda el automóvil, desplazándose hacia atrás. Los vidrios laterales están empañados; si trato de mirar por ellos, no veo más que los manchones de niebla moviéndose lentamente, las miríadas destellantes de partículas húmedas y los manchones grises o amarillos de las fachadas. En la primera esquina, un gorila solitario, envuelto en un impermeable azul y con un sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después paso a su lado y queda atrás".
El entenado (1983) De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo. Más de una vez me sentí diminuto bajo ese azul dilatado: en la playa amarilla, éramos como hormigas en el centro de un desierto. Y si ahora que soy un viejo paso mis días en las ciudades, es porque en ellas la vida es horizontal, porque las ciudades disimulan el cielo. Allá, de noche, en cambio, dormíamos, a la intemperie, casi aplastados por las estrellas. Estaban como al alcance de la mano y eran grandes, innumerables, sinmucha negrura entre una y otra, casi chisporroteantes,como si el cielo hubiese sido la pared acribillada de un volcán en actividad que dejase entrever por sus orificios la incandescencia interna. La orfandad me empujó a los puertos. El olor del mar y del cáñamo humedecido, las velas lentas y rígidas que se alejan y se aproximan, las conversaciones de viejos marineros, perfume múltiple de especias y amontonamiento de mercaderías, prostitutas, alcohol y capitanes, sonido y movimiento: todo eso me acunó, fue mi casa,me dio una educación y me ayudó a crecer, ocupando el lugar, hasta donde llega mi memoria, de un padre y una madre. Mandadero de putas y marinos, changador, durmiendo de tanto en tanto en casa de unos parientes pero, la mayor parte del tiempo sobre las bolsas en los depósitos, fui dejando atrás, poco a poco, mi infancia, hasta que un día una de las putas pagó mis servicios con un acoplamiento gratuito —el primero, en mi caso— y un marino, de vuelta de un mandado, premió mi diligencia con un trago de alcohol, y de ese modo me hice, como se dice, hombre. Ya los puertos no me bastaban: me vino hambre de alta mar. La infancia atribuye a su propia ignorancia y torpeza la incomodidad del mundo; le parece que lejos, en la orilla opuesta del océano y de la experiencia, la fruta es más sabrosa y más real, el sol más amarillo y benévolo, las palabras y los actos de los hombres más inteligibles, justos y definidos. Entusiasmado por estas convicciones —que eran también consecuencia de la miseria— me puse en campaña para embarcarme como grumete, sin preocuparme demasiado por el destino exacto que elegiría: lo importante era alejarme del lugar en donde estaba, hacia un punto cualquiera, hecho de intensidad y delicia,del horizonte circular. En esos tiempos, como desde hacía unos veinte años se había descubierto que se podía llegar a ellas por el poniente, la moda eran las Indias; de allá volvían los barcos cargados de especias o maltrechos y andrajosos, después de haber derivado por mares desconocidos; en los puertos no se hablaba de otra cosa y el tema daba a veces un aire demencial a las miradas y a las conversaciones. Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación. En boca de los marinos todo se mezclaba; los chinos, los indios, un nuevo mundo, las piedras preciosas, las especias, el oro, la codicia y la fábula. Se hablaba de ciudades pavimentadas de oro, del paraíso sobre la tierra, de monstruos marinos que surgían súbitos del agua y que los marineros confundían con islas, hasta tal punto que desembarcaban sobre su lomo y acampaban entre las anfractuosidades de su piel pétrea y escamosa. Yo escuchaba esos rumores con asombro y palpitaciones; creyéndome, como todas las criaturas, destinado a toda gloria y al abrigo de toda catástrofe, a cada nueva relación que escuchaba, ya fuese dichosa o terrorífica, mis ganas de embarcarme se hacían cada vez más grandes. Por fin la ocasión se presentó: un capitán, piloto mayor del reino, organizaba una expedición a las Malucas, y conseguí que me conchabaran en ella.No fue difícil. En los puertos se hablaba mucho, pero,cuando el momento del embarque llegaba, eran pocos los que se presentaban. Más tarde comprendería por qué. Lo cierto es que obtuve el puesto de grumete, en la nave capitana, la principal de las tres que constituían la expedición, sin ninguna dificultad."
--------------------------------------------------------------
SORPRESA
ResponderEliminarLlegaban al pequeño parador en busca de un lugar donde dormir, cansados, desolados, hastiados de tanta ingratitud y manoseo. Pagaron la estadía y allí estaban tirados en la cama tratando de unir los hechos sucedidos para poder comprenderlos.
Pensaban y pensaban, sus mentes buscaban entre los recuerdos y el presente una relación. Poco a poco el sueño fue ocupando el lugar de los recuerdos.
Amanecía, rojo sol de fuego en el horizonte, tomaron sus mochilas y subieron a la moto fría y destartalada, mientras por desayuno comían unas amargas galletas.
El paisaje era alentador, montañas coloridas con angostos ríos serpenteando entre álamos.
El sol del mediodía arrancaba gotas de ácido sudor sobre sus sienes, Decidieron parar en un rancho a la vera del camino.
Una desdentada y obesa mujer les dió la bienvenida con un guiso de llama y porotos que aumentó el gran calor que les recorría el cuerpo. Bebieron dos litros de agua cada uno y retomaron el viaje.
Se sentían mejor, las pocas palabras que dijera aquella desdentada y obesa mujer los había hecho repensar la situación que los preocupaba.
El terreno era cada vez más complicado para transitarlo, el ripio se transformó en tierra suelta, el camino amplio en estrecho, la noche los acechaba.
Una luz sobre los álamos hizo que pararan la moto y entraran al viejo bodegón "Don Cosme", donde por fin entre cervezas, música, mujeres y algarabía se develó la cuestión que los venía condenando: En Amalia encontraron la madre sustituta ideal.
NORMA GLADYS YACUZZI
Hermoso trabajo, Norma! Felicitaciones
ResponderEliminar